Desde que leí "La sombra del viento", de Carlos Ruíz Zafón, mi mente empezó
a vagar por las brumas de Barcelona para acompañar al principal
protagonista de la novela. Me fijé la meta de ir a encontrarme con esos
lugares, y luego buscar afanosamente el Cementerio de los libros olvidados,
donde cada libro tiene alma, el alma de quien lo escribió, imaginando el
olor y la magia, sintiendo el polvo en mis manos de los ejemplares
cuidadosamente acomodados en aquella autentica basílica de tinieblas y
secretos.
Yo quería recorrer y revisar los miles de títulos de esas obras, pero
olvidé que la literatura se mezcla perfectamente con la ficción, por eso me
dije: tengo que ir a la ciudad de Daniel Sempere.
Fui a buscar la calle de Santa Ana donde el autor ubica el departamento que
ocupaban Daniel y su padre. La ruta que ellos habían seguido pasaba por la
Rambla de Santa Mónica, cerca de lo que fue el Teatro Principal, que ahora
lucía abandonado, misterioso y melancólico, sin dejar de ser bello. Su
construcción lo ordenó Felipe II para financiar el Hospital de la Santa
Creu. Supuestamente el Cementerio de los Libros Olvidados se ubicada en la
calle del Arc del Teatre, pues era la calle donde nadie podría sospechar
que existiera este camposanto.
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